El mexicano, ser enigmático, a veces tan hosco y callado, guardando muy adentro el dolor y penas que diariamente lo acongojan; esperando día a día algún nuevo motivo para poder volver a sonreír en su dura vida. Afortunadamente, para el mexicano cualquier cosa es un buen motivo para sonreír, o mejor aun, para festejar con sus hermanos de dolor y pena. En México, cualquier cosa es motivo de celebración, y no es simplemente porque el mexicano sea un “vale madres”, las fiestas y festejos mexicanos son creados para tapar una gran tristeza con una efímera y rápida felicidad. Es por eso que el alcohol y las fiestas mexicanas producen el mismo efecto (por lo que van casi agarradas de la mano), embriagan de felicidad y después dejan caer en un horrible abismo. En las fiestas, ese abismo se llama realidad.“EL SOLITARIO mexicano ama las fiestas y las reuniones públicas. Todo es ocasión para reunirse. Cualquier pretexto es bueno para interrumpir la marcha del tiempo y celebrar con festejos y ceremonias hombres y acontecimientos.”
Octavio Paz
En las fiestas el mexicano se olvida de todo. No hay clases o status, todo se convierte en uno solo. Las mujeres afrancesadas cantan al son de la banda y los hombres adinerados despilfarran capital en cerveza y Tequila. Todos se unen al grito de ¡Viva México! Y de no ser así no importa, pues el mexicano aplica su sabia e ingeniosa técnica llamada relajo o en palabras más comunes “echar desmadre”, la cual tiene el único propósito de denigrar a las clases elitistas y no tomar en serio los problemas de la vida diaria, olvidar todo y disfrutar el momento. Y el mexicano lo logra, solo queda ahí esa melancolía disfrazada de alegría y felicidad. Al principio todo es encubierto de una manera casi perfecta: beben, ríen, gozan, bromean… pasado un tiempo, el mexicano necesita sacar el dolor que lleva guardado en el pecho. Después de la risa y el goce, viene la discusión y la riña; el pleito y los golpes, todo con un mismo propósito: deshacerse del dolor acumulado en tantos días de carencia económica y emocional. Al final, solo los verdaderos hombres lloran. El coraje y sentimientos que alguna vez hicieron menos y encerraron en una jaula, ahora, gracias a ese lubricante llamado alcohol, los sacan a flor de piel, sin pena ni gloria, sin vergüenza a ser vistos por sus semejantes y ser tomados como débiles o cobardes. Es la única forma en que el mexicano podrá librarse de todo ese dolor, por tanto, el alcohol y las fiestas son para el mexicano un pequeño respiro para continuar con su ajetreada vida llena de altibajos. Y de respiro en respiro, el mexicano se recupera poco a poco del suplicio diario.
En cada fiesta, en cada respiro, se olvida una pena diferente. Del 12 de diciembre, hasta el día de la candelaria, pasando por el 31 de enero y llegando al 15 de septiembre (sin olvidar el día de muertos), el mexicano siempre tiene y tendrá una buena excusa para festejar.Gracias a Dios, el mexicano no solo festeja en las fechas religiosas y demás. El mexicano necesita tanto de la fiesta que cualquier cosa se vuelve motivo de festejo; una graduación; 15 años o simples cumpleaños, todo es bueno para olvidar las penas. Sin embargo, en estos casos, la fiesta más que ser utilizada como un rápido alivio del dolor, se crea para festejar el logro de nuestros seres queridos, y que a pesar de las carencias que el mexicano promedio sufre, se demuestra que es posible seguir adelante.
Otro gran motivo de festejo para el mexicano es el futbol, una lucha encarnizada entre dos bandos, todo es una perfecta pelea con un solo propósito, ganar el festejo. Las personas viven el partido y esos 90 minutos pasan desapercibidos para el que disfruta del encuentro. Pase lo que pase, nada es más importante que el resultado. Todo se suspende, y es como si las personas que lo viven desaparecieran de la faz de la tierra, dejando atrás todo al igual que en la fiesta; deudas, dolores; penas y angustias, los únicos sentimientos existentes son el amor a la camiseta y el odio hacia el contrario. Terminado el encuentro, el aficionado vuelve a la realidad y solo hay dos posibles desenlaces: festejar el resultado, o llorarlo con rabia, y no solo se llora por el resultado, se llora por el coraje de haber perdido el festejo y saber que son otros los que disfrutan de el.
En conclusión, el mexicano necesita de la fiesta para ser mexicano. Ama la fiesta y la usa para olvidar, para reír, para llorar. El mexicano necesita de la fiesta para seguir adelante, para sufrir, para gozar. La necesita para recordar, para cantar, para bailar. Necesita de ella para avanzar, para crecer, para aprender. La usa para jugar y pelear; para descansar, para discutir; la usa para revivir viejos recuerdos y después asesinarlos lentamente a través de las húmedas ventanas del alma. El mexicano sin fiesta, no es mexicano; no existe, se pierde entre las masas mundiales. La fiesta necesita del mexicano para ser fiesta. Y la fiesta lo recompensa volviéndolo mexicano.
BIBLIOGRAFÍA
Paz, Octavio, El laberinto de la soledad “todos santos, día de muertos”, Segunda edición, Editorial Col. Popular, México, 1992
Estrenando blog, Inaugurandolo con un pequeño ensayo de mi autoria...

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